Eva Gómez Ferrández

37 años
Alicante

Eva es el ejemplo perfecto de lo que nunca debería ocurrir: no saber que se es portador de hipercolesterolemia familiar (HF) hasta que no se tiene un episodio cardiovascular, en su caso un infarto de miocardio que sufrió a los 28 años. Ahora tiene 37, y después de que le pusieran dos stent y de pasar, según recuerda, “unos meses horribles” porque se encontraba muy débil, hace vida absolutamente normal: trabaja como administrativa, hace deporte (natación, bicicleta) para compensar una profesión tan sedentaria, toma medicación para controlar sus cifras de colesterol y se controla una vez al año.

El caso de Eva es especialmente significativo porque no tenía ningún otro factor de riesgo: ni fumaba, ni presentaba una elevada tensión arterial, ni hacía nada que pudiera sospechar que pudiera sufrir un infarto. Es verdad que sí sabía, desde los 23 años, que tenía el colesterol elevado, pero aparte de tomar nota de lo que el médico le dijo –que llevara cuidado con la dieta–, ella, según cuenta, no le dio ninguna importancia.

Hasta que a los 28 años, llegó el infarto. “En el hospital”, recuerda, “los médicos no se lo creían, pensaban que había otras causas, me preguntaban qué me había tomado, y yo les decía que nada, y ellos venga a insistir, que si cuanto antes nos los cuentes antes llegaremos a una solución…”. Hasta que llegaron los análisis, suyos y de sus familiares, y se descubrió la causa: toda su familia materna presentaba elevados niveles de colesterol, y en esa rama familiar ya se habían producido varios problemas cardiovasculares, aunque ninguno tan precoz como el suyo. Y ese es el verdadero problema: que haya personas que tengan que esperar a un infarto o a un ictus para saber que corren ese riesgo. Porque no todos tienen la suerte que, en el fondo, tuvo Eva, que desde entonces, y ahora ya sí, convenientemente tratada, no ha tenido “ninguna recaída, ni dolores ni nada”.